Volví a abrir y cerrar los ojos,
esta vez más fuerte y con un ritmo más pausado, y entonces, durante unos
segundos vislumbré a la oruga, a lo que fue antes. Una imagen que el cerebro
quiso devolverme y empecé a comparar, ¿quién era mejor, pues?, ¿la de antes o
la de ahora? Dicen que las comparaciones siempre son odiosas, pero no era el
caso. Sin duda, me gustaba más lo que tenía delante porque ahora escuchaba mis
pasos al andar, mi voz al hablar. Veía la manera en la que mi pelo bailaba
acoplándose a la forma de mi cara. Me veía. Esa era la diferencia. Y el cambio
más grande, sin duda, era mi sonrisa. La llevaba siempre puesta, por eso me
costaba tanto encontrarme, porque por mucho que mirara al espejo, ya no quedaba
atisbo de mi tristeza. Era feliz. Era yo. Y lo más importante, era el reflejo
de lo que quería ser.
A veces la miro y no la
reconozco, aunque si me paro a reflexionar, es lo normal. Las personas cambian,
¿pero tanto? Es lo que no dejaba de pensar una y otra vez… Entrecerraba los
ojos para observarla como si así pudiese llegar a encontrar algo, algún
resquicio de lo que fue, pero nada. Su mirada era tan diferente que incluso me
asustaba un poco. Sería por eso del miedo a lo desconocido. Yo ya no la
conocía. Y lo más curioso de todo es que la había tenido delante durante todo
este tiempo y no había podido darme cuenta de cómo iba cambiando poco a poco.
Pero qué digo cambiando, evolucionando, transformándose, como una oruga que
acaba convirtiéndose en mariposa. No es que antes fuese fea no, para nada, solo
diferente, tan diferente…
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