No la vi venir. De repente, la tuve delante de mis narices. Tenía la mano apoyada en la pared, miraba al suelo, por lo que su melena negra y rizada me tapaba su cara. Era alta, casi medía lo mismo que yo. Pongámosle a ojo, 1,75. Soy de números. Me gusta concretar. A ella, ya sin hablar, la vi más de letras. Tuve la certeza cuando, por fin, levantó la cabeza y me miró. Eso sí, lo que no hubiese acertado, jamás, es lo que iba a decirme.
— Se me han caído las bragas.
Abrí la boca para contestar, pero
no me salió ninguna palabra. Me quedé ahí, supongo que con cara de estúpido. A
pesar de haberme graduado recientemente en ingeniería. Me gusta la informática,
programar. Sí, eso. Si tuviera que definirme diría que soy programado, tal
cual.
— ¿Hay alguien ahí? Quizás ha
sonado mal, ¿no? Aunque… si estás pensando en esas cosas a estas horas de la
mañana debes de ser un salido importante. Digo yo.
— ¿Acabas de llamarme salido?, ¿y
te llamas…? – De pronto reaccioné. No me gustó aquella forma de hablar ni que
una loca desconocida me insultara.
— Amber, ya me conoces, salido. –
Me guiñó un ojo y entonces me fijé en ellos. Eran de color marrón clarito, los
ojos más comunes del mundo que, en ese momento, me produjeron una corriente de
electricidad que recorrió todo mi cuerpo. — ¿Y tú?
— Carlos, yo soy Carlos. –
Extendí la mano. Tenía la costumbre, últimamente, de presentarme así.
Demasiados congresos en la universidad…
— ¿Qué haces Carlos III? Dame dos
besos, tío raro.
Acercó su boca a mi mejilla y
otra vez esa chispa.
— Anda pasa al patio tú misma y
cógelas – sonreí ligeramente solo de pensar que en cuanto viese mi casa iba a
insultarme de nuevo. Seguramente llamándome «desordenado» o «puto desastre».
— Gracias, pero no entro en casa
de desconocidos. Prefiero que me las traigas tú.
Me quede con cara de idiota, otra
vez. Esa chica era impredecible. No sabía por dónde iba a salir y eso era
peligroso. No me gustaba. Y, joder, me encantaba. En tres minutos me había
parecido una persona única. ¿Eso era posible?
— Chico, no es por meterme
contigo, de verdad, pero eres un poco paradito…
— Ya voy. – Me volví a reír
inconscientemente. No por su comentario si no por sus gestos. Había empezado a
mover el pie derecho y a golpear suave con los dedos en el marco de la puerta.
Parecía segura, pero sus gestos la delataban. Su seguridad era más faceta que
realidad.
No dije nada más y fui a buscar
sus bragas. No pude evitarlo y me reí al verlas. Creo que solamente había visto
una cosa así en casa de mi abuela. Volví con ellas en la mano intentando
aguantarme la risa, pero lo notó.
— ¿Qué pasa?
— ¿Qué pasa de qué? – Todavía
sostenía sus bragas en mi mano.
— Que de qué te ríes.
— No me río. – Lo dije apretando
los labios.
— Sí lo haces, capullo.
— Al final me vas a ofender… —
estiré los brazos para acercarle la prenda, pero abrí la mano en el último
momento dejándolas caer al suelo.
— ¡Ves! Eres un capullo. Siempre
acierto. Gracias – se agachó a regañadientes. – Y maleducado también. – Añadió.
— Lo tengo todo.
— ¡Já! Mas quisieras. – Lo gritó
de espaldas mientras andaba por el pasillo del rellano directa a subir las
escaleras.
— Menos esas bragas. Eso desde
luego que no lo tengo.
— ¡Cabronazo! – Lo chilló aún más
fuerte cuando ya no la veía.
Perdí la cuenta de las veces que
esa chica me había insultado en apenas cinco minutos de conversación. Pero yo
seguí ahí, mirando las escaleras para ver si volvía a aparecer. De repente,
quise que lo hiciera, que volviera, y me insultara cada día de mi vida.
LucyOrtss
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