Me apetece levantarme despacio, sin hacer ruido, cuando todavía está de noche, porque sí, yo soy una «morning person» o como leches lo quieran llamar ahora. Tengo ganas también de pisar los azulejos fríos descalza hasta llegar a la cocina y preparar la cafetera, que me envuelva el ruido y el olor de ese pequeño trasto que me da un poquito de felicidad mañanera, aunque es el conjunto, es la suma del silencio, un libro, mirar por la ventana y beber café antes de que realmente empiece la mañana. Es mi «kitKat», mi trocito de playa en el mes de mayo, cuando ya hace calor y aun no hay gente, el momento en medio de un campo respirando aire puro, pensando en nada, y a la vez en todo. Aún lo disfruto más, si esa mañana, es la primera del primer día de vacaciones..., qué bien suena esa palabra, a pesar de ser persona de rutina porque sin horarios me lío, sin embargo, llevo ya un tiempo en el que me apetece liarme, dejar de pensar y acabar con los «y si...», «y si...» porque «y si al final...» pasa, pasará. Y ya está.
Qué ganas de ese café por la mañana... Que se siente como el probarte un pantalón y que te quede bien, o mejor aún, un bikini. Es además, como salir de la peluquería o las uñas, como un día de los pocos del mes, que sientes que vas pisando fuerte. Es una cerveza fría después de caminar diez kilómetros, acompañada de una tapa porque la cerveza sin na' más, no la quiero.
Ese café es extrapolable a tantas cosas... que no sé ni terminar las comparaciones, aunque la que viene no está nada mal para cerrar... Ese café es como decir «no voy», «no quiero», «no me apetece», como quererte un poquito más a ti que a los demás.
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