Sentía sus pies hundidos en la arena. Esa arena era distinta, lo supo nada más rozarla, porque sí, la piel tiene memoria y sabe distinguir y recordar. Y aquella arena no era la que conocía como normal. Al pensarlo se le dibujo una sonrisa en la cara, normal… Menuda palabra tan simple, tan banal. ¿Qué es normal? Se lo estaba preguntando mientras miraba el mar que tenía delante, tan inmenso, tan profundo y tan desconocido, que podría encontrar a lo largo de él muchísimas cosas que no fueran eso, normales, porque normal, simplemente es algo que conocemos y cualquier cosa desconocida se convierte en diferente, incluso en extraño. Joder con la normalidad, volvió a pensar. Ese es el puto problema. Es esa palabra anclada en esta tierra la que no me deja avanzar, no al menos cómo yo quiero hacerlo. Siendo simplemente yo. Se miró las manos llenas de manchas. Sus padres le habían dicho que eran de nacimiento, otros, de esos que se creen expertos decían que eran del sol, atreviéndose incluso a desmentir a las personas que le habían visto por primera vez en el mundo. Quizás sean esas personas normales, las que van por ahí con la palabra por bandera llenándose la boca de cosas grandiosas, pero todas ellas normales. Y es que esas manchas eran un reflejo de la explicación que siempre trataba de dar la gente a todo lo que traspasara esa línea invisible que medía la dichosa normalidad.
Se acercó poco a poco al agua, le
pasaba lo mismo que a la arena, no era normal. Era un agua más cristalina, más
pura. Y por unos instantes, justo antes de que un pez grande lo difuminara,
pudo verse reflejado, y claro, sus ojos, un poco más juntos de lo normal, se
fijaron en sí mismos, también en sus cejas. “Bueno, las cejas tienen solución”,
le habían dicho más de una vez. “Y los dientes, los dientes también”. Y pasaban
los años y seguía preguntándose porqué, ¿porqué las cosas, los rostros, los
sentimientos o las personas diferentes tenían que ser necesariamente
imperfectas? ¿Y si todas esas cosas diferentes eran el modelo de lo que los
demás imitaban mal siendo esas cosas totalmente perfectas? Suspiró y dio una
pequeña pataleta contra el agua queriendo golpear lo imposible, la nada, la
claridad, las gotas que ahora habían salpicado sus piernas, pero es que le daba
rabia no poder ver el mundo como la gente “normal” lo hacía. Le daba rabia
plantearse siempre las cosas más allá.
Otra frase que le solían repetir
es la de “es que tú no tienes límites”. Claro que no tenía ningún límite, la
vida no los tiene. Él no veía el final del mar como un límite si no como la
oportunidad de seguir. Sacudía la cabeza de un lado a otro intentando despejar
sus ideas. Y un movimiento le llamó la atención. Alguien más había en aquel
recodo de playa solitario que tanto le había costado encontrar. Además, lo
había buscado a conciencia sin utilizar Google Maps para asegurarse la tranquilidad.
Quería estar solo porque no soportaba más estar con gente normal, pero no lo
había conseguido. Una chica, que parecía tener más o menos su edad, sin decir
ni una sola palabra, sin mirarle tan si quiera se estaba acercando al agua.
Había pasado por su lado casi rozándolo. Pensó que era una maleducada, puesto
que su madre le había grabado a fuego que “saludar es de personas”. Era lo
normal. Vaya…, se vio tropezando con su misma piedra al pensar de aquella
manera. Quizás no tenía por qué saludar, no le conocía, aunque estuviesen
juntos en medio de la nada. Siguió mirándola, fijándose en cómo se adentraba en
el agua. Llevaba un vestido blanco, el típico, el normal que una chica llevaría
a la playa para una fiesta ibicenca. Sin embargo, pudo intuir que no llevaba
nada debajo y se sonrojó como un niño del colegio que acaba de ver a la niña
más guapa entrando por la puerta de clase. Agachó la cabeza a pesar de que ella
no le estaba mirando. De hecho, se sintió de pronto como si fuese invisible.
¿No es lo que quería? ¿No había ido hasta allí para eso, para que todo el mundo
le dejara en paz? Sonrió, al pensar que esa chica de pelo rubio claro, bajita y
con algunas curvas le estaba haciendo replantearse el mundo sin tan si quiera
haber abierto la boca. Se preguntó entonces cómo sería hablar con ella. ¿Sería
normal?
- ¿Has venido hasta aquí para
quedarte ahí parado? – No pudo creer que aquella misteriosa persona estuviera
dirigiéndose a él.
- Perdona, ¿me dices a mí? – Es
todo lo que pudo decir. Y después, enmudeció aún más si cabe cuando la chica se
giró y dejó ver sus ojos grandez y azules, que pasaron de mirarlo a ponerse en
blanco en un gesto de desespero.
- ¿Ves a alguien más en esta playa?
- Ya… es que… no sé, antes ni si
quiera me has… Es igual.
- Habla – le exigió levantando el
dedo índice y señalándolo.
- ¿Qué? – Él no parecía
entenderla, la miraba con sus enormes cejas fruncidas.
- Que hables claro. No me gusta
la gente que duda o que se va por las ramas. – Parecía frustrada, incluso un
poco enfadada.
- No tiene importancia – quiso
insistir él tratando de ser amable.
- Oh Dios… hablas como una
persona normal. Das asco.
- ¡Pero bueno! ¿Tú quién te
crees… - Se detuvo, no pudo acabar la frase. Olvidó su grosería para fijarse en
lo primero que le había dicho. ¿Acababa de llamarle normal?
- ¿Alguna vez has terminado una
frase? Tus balbuceos me ponen nerviosa, chico. Y, ¿sabes qué? Yo había venido a
pasar un rato tranquila en esta playa desierta, que he encontrado por mis
propios méritos, ni si quiera sale en Google Maps y vengo y tienes que aparecer
tú. – Mientras le soltaba ese discurso, ella había salido del agua, el vestido
lo tenía pegado al cuerpo y el cabello rubio también. Él solo pudo quedarse
mirándola embelesado con la boca medio abierta.
- Vale, encima de normal, creo
que eres un poco bobo.
¿Era posible que alguien en el
mundo hubiese pensado el mismo plan? No dejaba de sorprenderse con esa chica
tan extraña, pero quiso defenderse - ¿Y tú sabes ser amable?
- Es que me he cansado de ser
amable. Me he cansado de todo por eso estoy aquí. Y tú vienes a estropearlo.
- Pues yo también me he cansado
de ser amable y por eso también he venido aquí, ¿no se te ha ocurrido pensar
que a lo mejor eres tú la que me está estropeando a mí el día?
Y por primera vez desde que se
habían visto, la vio sonreír y supo con total certeza que jamás en su vida
había visto una sonrisa como aquella. Era sincera, natural, única. Y su cuerpo
solo reaccionó de la misma manera como un acto reflejo. Él también sonrió sin
importarle si sus dientes eran normales o no. Sonrió de felicidad.
- Me gusta – le dijo ella todavía
con la sonrisa en los labios.
- ¿El qué? – Él tampoco podía
dejar de enseñar sus dientes y pensó que a lo mejor sí que era un poco bobo.
- ¿Qué va a ser? Tu sonrisa.
- No hace falta que seas amable.
A nadie le gusta…
- Ni tú hace falta que seas
humilde. ¿Por qué vuelves a actuar como una persona normal? Quiérete joder,
tienes una sonrisa bonita.
Y volvieron a reír a la misma
vez.
- Pues la tuya no es bonita. Es
única.
- Gracias. Es lo mejor que me
podrían decir hoy. Estoy cansada de ser una más.
- ¿Tú? Jamás podrías ser una más,
créeme.
- Gracias otra vez. Lo único que
quiero es dejar de ser normal. No me gusta la gente normal.
- Ni a mi tampoco y no es por
seguir la conversación y ser amable como hace todo el mundo, es que es justo lo
que estaba pensando antes de que aparecieras. ¿Crees en las señales o en el
destino?
- Creo en la vida, en las
historias. Creo ahora mismo en nosotros. Ni si quiera sé cómo te llamas y
míranos, ya me parece conocerte de toda la vida.
Él soltó una carcajada ante aquel
comentario y era porque ya la sonrisa no le bastaba. Esa chica le hacía reír
porque le entendía. A él le pasaba lo mismo. Sentía que había pasado con ella
en esa playa una eternidad en lugar de veinte minutos.
- Yo me llamo…
- ¡No! – gritó ella. La tenía
cerca, apenas les separaba ya medio metro. – No hagas de esto un encuentro
normal. Vámonos por ahí, pero no me digas tu nombre.
- ¿Y entonces cómo nos llamamos?
- ¿Me quieres? – Ella se había
quedado apenas a dos centímetros de su boca y él se puso nervioso. Muy
nervioso.
- Yo…
- No hagas que esto sea lo
normal, no quiero echar un polvo en la playa, hablar por WhatsApp, y quedar
para cosas normales. No quiero saber tu nombre. Hagamos esto al revés y dime
que me quieres sin miedo, sin que sea un tabú que asusta a la gente. A las
personas les aterra quererse, el compromiso… Te va a parecer la frase más rara
que has escuchado en tu vida, pero a la gente normal le gusta hacer cosas
raras.
Y él no tuvo que escuchar más, se
enamoró.
- No te quiero, te amo porque
eres la persona menos normal del mundo.
Y ella tampoco necesitó más. Esas
últimas palabras hicieron que terminara de acercarse a sus labios. Lo besó, se
besaron sin saber cómo se llamaban, sin saber qué iba a pasar después, lo único
que tenían claro es que querían ser dos personas diferentes en un mundo normal.
Comentarios
Publicar un comentario