La culpa fue del gato. Estoy
seguro. Tuvo que pasar corriendo como una sombra negra que oscurece el
ambiente. Y no, no soy supersticioso, pero sé que fue el puñetero gato. A
partir de ese momento todo fue a peor, y a cámara lenta, sentí que la situación
se desmoronaba poco a poco, al igual que un circuito de naipes frente a un
mínimo soplido. Quizás fue eso, que nosotros siempre estuvimos de pie de la
forma más inestable que pueda existir. No estábamos a salvo ni si quiera de una
pequeña corriente de aire, y encima, lo que vinieron fueron vendavales.
Ella dijo, casi murmurando, esa frase
mítica que alguien, algún día pronunció, como la antesala firme de una ruptura
clara. Y así se quedó. Y así, tal cual, pronunció:
“Tenemos que hablar.”
Luego continuó con más tópicos
del montón: “no eres tú, soy yo.”
JÁ, claro que era yo, pero yo de
yo, no de ella. Aunque insistió en que era ella la que había cambiado, que lo
que antes le gustaba, ahora ya no.
¿Y qué cojones hago entonces?
Quise preguntárselo, pero siempre he parecido más listo estando callado, por lo
que no dije nada mientras ella seguía, no paraba de hablar. De hecho, creo que
nunca había hablado tanto desde que la conocía.
“Nuestro tiempo ha pasado y puede
que hayamos gastado el amor de tanto usarlo.”
Jamás pensé que alguien pudiese
dejar a una persona con aquella palabrería tan profunda. Pero, ¿qué se creía?
“No quiero que pienses que es por
tu culpa o que creas que me debes algo, para nada, pero algo, eso es lo que nos
falta”.
Y después de esto, sí tuve que
intervenir porque a mí no me faltaba nada. “Y, ¿qué te falta?”
Fue entonces cuando dejó de
hablar en seco, apretando el pie del freno frente a un stop imprevisto, y
después de mirar a ambos lados, solo pudo decir “todavía no lo sé”, a lo que
añadió “pero, estoy segura de que cuando nos demos este tiempo, los dos lo descubriremos.”
Nos ha jodido, le faltaba algo
que ni si quiera sabía lo que era. Además, me había incluido, resulta que a mí
también me faltaba algo, y claro, yo tampoco lo sabía. “Hay que joderse”, lo
dije suspirando, bajito y entre dientes. Entonces, ella empezó a gritar “¡Ya
estás otra vez chillándome, yo te estoy hablando bien!” Su voz aguda retumbó
por todas las paredes de nuestra pequeña habitación porque en ese momento,
aunque fuese por poco tiempo, seguía siendo nuestra.
Abrí los ojos como platos, pero
no quise seguir su juego, un juego del que acababa de aprender las reglas,
hiciese lo que hiciese, tirara o dejara pasar, me tocara un 1 o un 6, iba a
perder la partida. Así que me dejé caer en la cama e hice lo mismo que ella.
Empecé a decir cosas sin sentido. “¿Qué te apetece cenar?”
Y eso ya fue rozar el final de la
partida, sabía que estaba a punto de hacerme un jaque mate. Se puso delante de
mí con la cara roja como un tomate, llena de rabia. “¡Ves! Ese es el problema
que nunca me escuchas.”
Y, por fin, le di un motivo, le
descubrí el algo que le faltaba y empezó a enumerar una tras otra, todas esas
veces en las que, supuestamente, no la había escuchado.
“¡Y la más importante, sin duda,
fue cuando te avisé del gato! ¡Te dije que estaba cruzando y tú buscando el fútbol
en la radio, como siempre, a tus cosas!”
No le respondí, asentí, dejé de
mirarla y abrí el libro que tenía en la mesilla. Así era yo, siempre a mis
cosas, pero os lo dije desde el principio, la culpa fue del gato.
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