El vestido era amarillo, tan radical en aquella época de rebeldía discreta..., pero estaba seguro de que ella no era de ese momento, ella debía pertenecer a una eternidad, porque así era su belleza, su inteligencia y así era toda ella, eternamente indescriptible.
Y yo, ¿quién era yo?, más que aquel que la miraba embobado mientras ella reía y el mundo temblaba. Lo supe cuando la vi, supe que quería verla cada día de mi vida. Y aún, después de tantos años, sigo sin creer que ella esté delante de mí, esperándome para desayunar, preparada ya con un vestido rojo, tan radical para su edad..., pero tan bien escogido para reflejar su esencia, siempre eterna.
Y yo, yo solo sigo siendo aquel que la mira embobado, mientras ella ríe y el mundo sigue temblando.
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