La
nieve caía finita difuminando en blanco aquel paisaje: un banco de madera
iluminado por una farola de las de antes. Y, justo delante, la pista de patinaje,
donde dos enamorados bailaban juntos en el centro. Ella llevaba un gorro de
lana y apenas el pelo sobresalía por debajo, parecía rubia. Su abrigo también
era grueso, de esos que llevan piel de borrego, sus vaqueros, rasgados, permitían
que pasara un poco el frío. Y los patines, intentando que la cuchilla quedara
recta clavada en el suelo, pero solo era un intento, pues toda ella estaba
apoyada en él. Más alto, moreno y cubierto por una gabardina negra, a juego con
sus zapatos y sus pantalones. Lo único que destacaba en él eran los patines
blancos, iguales a los de ella, pero un poco más grandes y estos sí, sujetos en
el suelo, procurando aguantar su peso y el de ella para no caer, para
demostrarle que él puede cuidarla, aunque sus vidas bailen encima de una fina
lámina de hielo. Y mientras la nieve sigue cayendo recuerdan cómo han llegado
hasta allí. Ella iba por la acera casi corriendo, siempre apresurada, tomando
el café en un vaso de cartón, sujetándolo con guantes y aprovechando para
sentir el calor. Él iba mirando al suelo, pensando en lo que se había dejado en
la oficina. Llevándose todo consigo cada día. Y de pronto, mientras ella sorbía
el café y él huía de mirar al frente, el destino tuvo tiempo de jugar e hizo
que ambos chocaran al pasar. Ella se quemó con el café y se quedó mirándolo, y
él, por fin, levantó la mirada. Ambos recuerdan poco más de lo que sucedió
después, y ahora se dedican a patinar juntos, abrazados dejando que la nieve
caiga una y otra vez.
Yo
miraba la escena a través del cristal y movía la bola para que volviese a
nevar.
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