En la puerta del sol no cabía
nadie más, lo deduje porque ya casi mi respiración chocaba con la nuca del que
tenía delante, pero la gente se empeñaba en celebrar el último día del año así,
apelotonados y con la mirada fija en aquella bola, esperando a que descendiera.
Y ahí estaba yo, una más, deseando que se acabara aquella noche infernal e
intentando fingir que disfrutaba como todos los demás.
- ¡Dios, esto es increíble, ¿verdad?!
– me gritó Claudia al oído.
Le respondí con media sonrisa
imitando sus saltos. Ella sabía que yo solo estaba allí por una razón. Una
razón de metro ochenta, pelo moreno y ojos verdes. Lo cierto es que era una
gran razón, sin embargo, a diferencia de mí, la razón estaba por ahí
disfrutando, además hacía ya un rato que se había perdido entre la multitud.
La razón se llamaba Julián y era
la razón de mi mundo desde que lo conocí a los quince años. Nadie lo sabía, excepto
Claudia, aunque yo siempre lo negaba. Fingía pasar de él cada día desde hacía
ya, ¿diez años? Dios mío, cómo pasa el tiempo cuando tu corazón habla y
sentencia.
Debido a este amor, convertido ya
casi en obsesión, llevaba todo ese tiempo sin salir con nadie, así que supongo
que los que me conocían debían pensar que era asexual o, simplemente, lo que
era de verdad, una chica tímida y seria. Pero, ¿qué le voy a hacer? Sé que ya
no se lleva, que hay que ser un poco loca para ligar, sin embargo, a mí no me
va. Yo era así. Difícil de hacer reír. Difícil sin más. Suponía también que por
eso Julián nunca se había llegado a fijar en mí más allá de una bonita y
sencilla amistad. Habíamos tenido cientos de momentos a solas, puesto que
estábamos en el mismo grupo de amigos, momentos llenos de esperanza para mí y
vacíos para él.
- ¡O bailas ya o te juro que
empiezo a darte empujones en medio de toda esta gente hasta que lo hagas! –
Claudia volvió a gritarme esta vez en toda la cara.
Como respuesta empecé a hacer
movimientos ridículos como si tuviese dos maracas en la mano mientras me movía
lentamente. Y justo, como no, en ese momento apareció Julián detrás de mí.
- ¡Vaya, menudo ritmo tienes Emi!
– gritó riéndose a carcajadas.
Vi que ya tenía a una chica alta,
morena, delgada y con un vestido tan corto que dejaba poco a la imaginación
apoyada en su hombro. - ¡Se llama Jane! – nos la presentó al ver el escrutinio
que Claudia y yo le habíamos hecho a su cuerpo. Íbamos a ser educadas y decir
que estábamos encantadas de conocerla, pero justo en ese momento, se escuchó el
primer aviso que daba comienzo a las campanadas y todos nos giramos hacía el
gran reloj. En ocasiones el tiempo, llega justo cuando tiene que llegar.
Todos sacamos nuestra bolsita
preparada de uvas y empezamos a comer. Nunca había creído nada de todas esas
tradiciones: el oro en la copa, las bragas rojas, las uvas… Se lo había dejado
bien claro a Claudia, aunque no había servido de nada, puesto que ahí estábamos
cumpliendo todas esas reglas a raja tabla. Ella misma se ocupó de comprarme un
tanga rojo. Quería hacerme pasar aquella noche cumpliendo cada uno de sus rituales.
Y justo cuando estaba a punto de tragar la última uva, con las otras once
dentro de la boca, alguien me empujó y empecé a toser, el aire no me pasaba, ni
las uvas tampoco.
- Ag… - intenté pronunciar la
palabra agua, pero claro ahí lo único que había era alcohol y Claudia hizo que
me tragara su cubata de un trago, después empezó a darme golpes en la espalda.
Realmente creí que iba a morir allí mismo, pero Julián me cogió por detrás, me
agarró con sus brazos e hizo que expulsara todas las uvas, que fueron a parar a
la camiseta de un chico que se había puesto justo delante de mí.
Y no me di cuenta de que Julián
seguía agarrado a mi cadera, ni que estaba pegado a mí, como no lo había estado
nunca, solo me quedé mirando aquellos ojos verdes, que se habían quedado
clavados en los míos.
...
¿Qué queréis que os diga? La vida
se detuvo en ese momento. De pronto solo estábamos él y yo. Entonces Claudia me tuvo que empujar de
verdad para volver a la realidad.
- ¡Emi! ¡Vuelve al planeta tierra
por favor!
Sentí que casi iba a chocarme de
lleno y meterme dentro de aquellos ojos, pero ya no estaban allí, ¿dónde se
había metido aquel chico? Parecía haberse evaporado.
- ¡Pero tía! – Claudia me
abofeteó suave la mejilla dándome toquecitos intermitentes – Vuelve con
nosotros. Creo que una uva ha ido a parar al cerebro – se giró para mirar a
Julián, que también me observaba desconcertado.
- ¿Dónde está el tipo que…? -
dije buscando con la mirada esos ojos verdes.
- ¿Qué tipo? – preguntó Claudia
mientras Julián y su reciente ligue seguían mirándome desconcertados.
- Había un chico aquí. Por culpa
de él me he atragantado, él me ha empujado…
- Nosotros no hemos visto a nadie
Emi… - contestó Julián casi entre dientes.
- Pues había un chico aquí. Era
alto, de nuestra edad más o menos, con barba de una semana, ya pasadita diría
yo y unos ojos verdes, muy verdes.
- Tía yo he escuchado que cuando
crees que vas a morir tienes alucinaciones – me explicó Claudia agarrándome del
brazo y mirándome de forma muy seria.
- Vosotros sí que deberíais ser
una alucinación… - murmuré mientras me reía.
Y sin más, terminé la noche como
la empecé y el año nuevo se me presentó con algo de resaca, desgana y
desolación. ¿Estaría tan necesitada que iba por ahí imaginándome a tíos buenos?
Tampoco sería una explicación tan descabellada, incluso puede que la absurda
teoría de Claudia fuese cierta, sin embargo, yo no dejaba de pensar en aquella
mirada.
Así el día 1, lo pasé sola en
casa. No me apetecía invitar a nadie y tampoco ir a ver a mis padres. Lo sé,
soy un poco pasota familiarmente hablando, pero les envié un gif de lo
más divertido para felicitarles. Y, lo confesaré, pedí comida rápida para
llevar. Sí, es la imagen más triste que uno pueda hacerse en la cabeza. Sola,
en pijama y esperando una pizza familiar, pero es lo que me apetecía en ese
momento, y cada uno entiende la felicidad a su manera y mi felicidad, ese día,
era esa pizza.
No sé las veces que di la vuelta
a los canales de la televisión, todo eran programas de canciones de viejas
glorias que habían puesto la noche anterior. Iba a dejarlo por imposible y
poner cualquier película repetida, cuando llegó mi cita esperada. Fui a abrir
la puerta tal cual, en pijama, con el pelo recogido de esa manera que solo lo
recoge una coleta mal hecha y con el dinero en la mano.
Tiré del manillar hacia a mí,
levanté la vista y allí estaban aquellos ojos verdes.
- No puede ser… - cerré de un
portazo y fui corriendo al baño para soltarme el pelo. Cogí una camiseta que
había por allí tirada, no era gran cosa, pero al menos no era un pijama. Me
eché agua en la cara y volví a la puerta.
Cuando regresé a la entrada, un
chico me esperaba con cara de estupefacción sujetando la pizza, pero ya no
tenía esos ojos. No era él.
- Disculpa, ¿dónde está tu
compañero? – pregunté decepcionada.
- ¿Qué compañero? – el repartidor
me miró desconcertado.
- Pues he abierto y había un
chico de ojos verdes… - vi como su cara se transformaba cada vez más pasando de
la interrogación al miedo. Creo que le debía parecer una auténtica chiflada –
Vale, da igual. Toma te doy el dinero justo, ¿vale?
Cerré la puerta y me apoyé tras
ella. Respiré hondo unos segundos y me puse a pensar. Y, en ocasiones, cuando pienso
puede ser peligroso. Y esta vez terminó siéndolo. Abrí el portátil que tenía
delante y escribí con letras grandes, mayúsculas y en negrita:
BUSCO AQUELLOS OJOS VERDES
No sé si alguna vez habéis
escrito un anuncio extravagante haciendo público vuestro número de móvil. Tiene
consecuencias. Recibí numerosas llamadas y mensajes, todos ellos dedicados
únicamente a gastar bromas, a burlarse, y alguno que otro para pedirme salir
haciéndose pasar por el chico que buscaba, en plan ceniciento. Y yo acepté,
conocí a varios chicos de ojos verdes bastante simpáticos, por cierto, pero no
eran él. No tenían aquellos ojos. La sensación que trataba de explicar a todos
los que me preguntaban era algo difícil de describir porque ya nadie cree en el
amor a primera vista, suena a locura, a película antigua, muy antigua, de época
medieval o incluso un poco más atrás. Porque de algún modo hemos ido avanzando,
evolucionando, antes podías conocer a alguien acercándote, charlando, luego
llegó internet, después las redes sociales, luego las aplicaciones para conocer
gente… Y ahora si un desconocido te dirige la palabra o el saludo, pensamos que
es un demente. Así que, todos los que sabían lo que estaba haciendo empezaron a
pensar que estaba como una cabra. Pero el amor es eso y si tenía que aguantar
un sinfín de bromas, salidos, groseros y que mis amigos me miraran con ojos
desorbitados, todo, absolutamente todo valdría la pena, si volviese a mirar al
centro de esos ojos. ¿Acaso no haríais cualquier cosa por la persona a la que
amáis? Sí, ¿verdad? Esto es diferente porque solo fue un segundo, una mirada,
un instante. Pero ese segundo, esa mirada, ese instante me contó que yo no
estaba enamorada de Julián, que lo que se siente es mucho más, que hay que
distinguir entre amor y obsesión, y que la vida, el amor, al final es solo un
segundo, una mirada, un instante. Sin embargo, por mucho que expresara todos
estos sentimientos no iba a lograr convencer a nadie. Y, la verdad es que
pasaron un par de semanas y mis esperanzas, las pocas que tenía, comenzaron a
desaparecer. Yo sabía que ese chico existía, puede que lo del repartidor de
pizzas sí fuese una alucinación, pero sabía que aquella nochevieja le vi,
también que le vomité encima, quizás por eso desapareció. Y quizás, solo
sucedió para que me diese cuenta de que lo que sentía por Julián no era amor,
solo una fijación de adolescente que ahí se quedó. Pensé que, por lo menos,
había servido de algo toda aquella historia que yo misma estaba magnificando.
Pero entonces, pasó. Iba en el tren de camino a visitar a mis padres, después
de haberles dejado colgados en navidad, ya tocaba, e iba perdiéndome en todos
esos pensamientos mientras veía el paisaje pasar a toda velocidad difuminándose
ante mis ojos. Y de repente la vibración del móvil me sobresaltó. Un nuevo
mensaje de un número desconocido. Lo abrí sin entusiasmo esperando leer, ver o
escuchar alguna nueva broma, pero lo que vi me dejó una sonrisa en los labios
por mucho tiempo porque, como último intento para que lo entendáis, en
ocasiones, un segundo, una mirada, un instante, puede durar toda una vida.
“Aquellos ojos marrones, yo
también me fijé en ti, en tus ojos, a pesar de que dejaste toda mi camiseta
nueva perdida de una mezcla extrañísima de ron con olor a frutas. Creo que vi
tu anuncio el primer día que lo pegaste por todas las calles de la ciudad, y
siento no haberte escrito antes, pero seré sincero, cuando lo vi pensé que estabas
rematadamente loca, sin embargo, también pensé que eras valiente, posiblemente,
la persona más valiente que había conocido nunca. Y eso que aún ni si quiera te
conozco. Y posiblemente yo también esté empezando a perder la cabeza porque
solamente tú y tus ojos se pasean por ella desde ese día que cruzamos nuestras
miradas. Yo jamás te habría buscado, no por falta de ganas sino porque la gente
suele dejar pasar las señales, los sentimientos, se centra en lo que parece
lógico y hacemos lo que creemos que es normal hacer, y quién sabe cuántos
amores se habrán perdido a lo largo de la historia, simplemente, por no hacer
nada, por no intentarlo. Puede que nuestra historia termine en una mirada, pero
no voy a quedarme con la duda”.
Fdo. Aquellos ojos
verdes
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Lucía Orts Sellers

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