Parte 3: el accidente
Dos semanas habían pasado desde la
última vez que lo vi. Doblé aquella esquina con la certeza de que lo volvería a
ver como si la vida transcurriera dentro de una comedia romántica americana,
donde las casualidades existen. Sin embargo, el tiempo pasaba, y con él, mis
recuerdos se iban diluyendo…, su barba clarita a medias, su pelo castaño… Es
difícil mantener la imagen intacta de alguien que solo has visto dos veces.
No le confesé a nadie que empecé a
hacer cosas estúpidas, como saltar desde algunas sillas o escaleras, aguantar
la respiración, meter la cabeza debajo del agua dentro de la bañera y esperar…
Pero nada. Ni rastro de Brad. Pensé que quizás tenía que hacer algo más fuerte,
más peligroso o que, simplemente, estaba perdiendo la cabeza. Es lo que hace el
amor, llenarnos el corazón y vaciarnos el cerebro.
Otra semana más pasó sin ocurrir nada
extraordinario y, por lo tanto, seguía sin verle. Empecé a cavilar y llegué a
la conclusión de que nunca me había cruzado con aquel chico tan extraño. No es
que viviera en un pueblo pequeño, pero era un pueblo, al fin y al cabo.
Tendríamos la misma edad y ni si quiera me sonaba del colegio o de alguna
fiesta. Tuve claro entonces que Brad debía ser alguien de fuera que estaba de
paso y que nunca más volvería a ver, como si hubiese sido un peculiar y bonito
sueño.
Para mi suerte o desgracia, esa semana
en la revista donde trabajaba, había bastante movimiento y tuve con qué
distraerme. Debía moverme a varios lugares fuera del pueblo para realizar
algunas entrevistas. Le pedí a mi madre que me dejara el coche para evitar
tener que desplazarme en tren. Sí, con mis veinticinco años, estaba todavía
ahorrando para comprarme un coche. Calculaba que a los cuarenta y pico largos
podría tener una casa o algo que se le pareciese. El caso es que andaba
tranquila por la carretera, buscando alguna presintonía que me llenara el
cuerpo de energía y de la nada, en aquel camino vacío, algo se puso delante, un
animal grande, ¿un ciervo? No tuve tiempo de distinguirlo cuando mis ojos volvieron
al frente y giré el volante para esquivar lo que fuera aquello. Di una vuelta
entera, dando un frenazo y poniendo el coche en dirección contraria a la que
iba. Mi cabeza rebotó contra el volante y noté un dolor atroz en el cuello. Me
quedé sentada y paralizada en el asiento del coche con ganas de llorar y sin
poder levantar la cabeza a causa del dolor. Oí entonces el claxon de un camión
pidiendo que me moviera. Intuí que venía directamente hacía mí, pero yo no
podía moverme, el miedo tenía todos mis músculos paralizados y entonces, una
fuerza empezó a estirar de mí, me agarró y me sacó del asiento dejándome caer
en la cuneta. En ese momento, el camión impactó contra mi coche dejándolo hecho
pedazos. Yo miré atónita la escena, temblando. No podía casi girar el cuello,
pero sabía quién estaba a mi lado. Sonreí antes de volver a verle.
-
Hola
Brad.
Continuará…
Lucía Orts Sellers
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