Ir al contenido principal

Lo que tú ya sabías. Historias y café. Algo. Parte 2: Otra vez tú


                                                                      Parte 2: Otra vez tú 

Se llamaba Brad. Nos dimos cuenta de que no sabíamos nuestros nombres cuando ya llevábamos un rato de pie hablando frente aquel hueco donde antes había una puerta. Ahora estaba atestado de gente, unos salían corriendo, otros ofrecían su ayuda al personal de trabajo. Maneras diferentes de actuar, siempre las ha habido y siempre las habrá. Nosotros nos quedamos mirándonos esta vez de verdad.

- Así que… Bianca. Eso no me lo esperaba – respondió cuando le dije mi nombre.

- ¿No te lo esperabas? – pregunté un poco confusa.

- Si, no te pega.

-  Anda, ¿Y qué nombre me pega? – no sabía si aquel chico tenía un sentido del humor peculiar o es que todas nuestras conversaciones iban a terminar mal.

- Quizás Judith… - lo dijo serio, pensativo.

- ¿Y yo soy la que le psicoanaliza a la gente tío? – solté una carcajada sarcástica.

- O eso o pasas mucho tiempo aburrida. En fin… de nada por salvarte, como mínimo, de un corte.

Abrí la boca para decir algo, pero él ya se había girado y marchado de allí, sin más, ni si quiera dijo un hasta luego. Pensé que era la persona más rara, a la par que estúpida que había conocido en mi vida. Volví a mi casa hecha un manojo de nervios, un conjunto de sentimientos que tenían que ver con la rabia y el desconcierto. No podía entender cómo ese chico había podido prever que la puerta se rompería. Tampoco entendía el hecho de cómo se le podía salvar a alguien de un accidente así y luego hablarle de aquella manera tan agria, tan insulsa, como si lo que hubiera hecho, lo hiciera cada día. Como si él fuera alguien superior al resto de la humanidad. Ese cúmulo de sentimientos me acompañaron unos cuantos días, pues la cafetería donde había sucedido el encuentro estaba muy cerca de mi casa y, cada día, pasaba por la puerta. De hecho, me gustaba siempre desayunar allí, pero durante esa semana no volví. No quería recordar ni el momento ni a ese chico. Así que me preparaba el café y lo tomaba camino al trabajo. Me costó acostumbrarme a esa rutina, pero dicen que el ser humano se acostumbra a todo. Y allí iba yo, una mañana más, bebiendo mi café evitando tropezarme, pues en la cera por la cual pasaba habían comenzado unas obras. Y no lo he dicho, pero me cuesta caminar y respirar al mismo tiempo sin caerme, así que, andar, beber e ir sorteando obstáculos era para mí como competir en Grand Prix. Y, de pronto, en medio de mis cómicos equilibrios escuché que alguien gritó:

- ¡CUIDADO!

En ese momento levanté la cabeza para mirar hacia el cielo y vi como unos trozos de ladrillo caían a una velocidad de kilómetros por segundo. Y, sin tener tiempo ni capacidad de reacción, me volví a encontrar tirada en el suelo, está vez llena de café y con aquellos trozos de masa de barro cocida cerca de mí esparcidos por todos los baldosines y parte de la carretera.  Me levanté despacio un poco dolorida por el golpe y delante de mí, sacudiéndose el polvo estaba él. No podía creerlo. No podía dejar de mirarlo boquiabierta.

- ¿Te gusta que te caigan cosas peligrosas encima de la cabeza? – dijo Brad sin mirarme mientras seguía espolsando sus vaqueros.

- ¿Me estás siguiendo? – pregunté asustada mirando a mi alrededor un poco incrédula.

- Por favor…, ¿te crees que no tengo cosas mejores que hacer que seguirte a ti?

- Pues me parece que no, puesto que “salvar” a alguien una vez, puede ser suerte o casualidad o qué sé yo, pero dos veces, es raro, incluso siniestro.

- Ojalá pudiera evitarlo, créeme – suspiró poniendo los ojos en blanco.

- ¿Te estás quedando conmigo?, ¿qué te crees que eres una especie de superhéroe o algo así?

- Solo soy un buen ciudadano, por cierto, educado, no como otros…, que, a pesar de evitarles posibles destrozos físicos, se meten con la persona que se los evita.

Iba a responderle cuando unos obreros aparecieron a nuestro lado y nos echaron de allí a empujones diciendo que no se podía pasar por esa zona. Caminamos un rato juntos en silencio. Fui yo quien decidió romperlo.

- Oye… gracias.

- No hay de qué – hizo un gesto con la mano.

- ¿Cómo supiste que la puerta de la cafetería se iba a romper?

- Eso fue fácil, cualquiera podría haberse dado cuenta – dijo con desgana.

- La cosa es que no fue cualquiera, fuiste tú y aquí, en esa obra..., también, otra vez tú. Así que, ¿por qué?, ¿cómo? – pregunté intrigada.

- El porqué fue la fricción de los cristales. El lado que tenía la manivela rozaba con el del escaparate. El cómo…, no lo sé. – agachó la cabeza con gesto cansado.

- Te refieres a que no sabes cómo sabías que eso iba a suceder.

- Exacto – siguió mirando al suelo.

- Y lo de…

- Tampoco. Lo de la obra tampoco lo sabía. Estaba desayunando y algo me dijo que tenía que ir hasta allí. Fui y pasó, simplemente pasó.

Me quedé en silencio porque no sabía qué contestar. Era la situación más extraña que había vivido nunca.

- Sé que estarás pensando que soy un tipo raro, es lógico. Y antes tenías razón, también es siniestro. Y no quiero asustarte, así que solo, olvídalo, ¿vale?

- Al final yo tenía razón – dije sonriendo.

- ¿Cómo? – se detuvo y me miró. Nos miramos otra vez de verdad, como miras a alguien a quién quieres conocer, saber, descubrir.

- Que sí que tienes algo. Yo pensé que era un poder de concentración sobrenatural. Quizás me equivoqué, pero tienes algo.

Y fue en ese momento la primera vez que vi a Brad sonreír.

- Gracias, Bianca…, al final no suena tan mal, aunque me sigue gustando más Judith.

- ¿Tú nunca te cansas de chinchar a la gente? – me reí.

- Quizás sea otro de mis dones – me guiñó un ojo.

Miré el reloj y el corazón me dio un vuelco. Había pasado más de media hora y llegaba tarde a trabajar, cosa que nunca había pasado desde que tengo uso de razón.

- Dios mío, tengo que irme. Llego tarde al trabajo.

- ¿En qué trabajas? – quiso saber.

- mmm… es largo de explicar. Ya nos veremos, ¿vale? – dije mientras aceleré el paso y empecé a correr despacito como cuando tienes prisa y no quieres llamar demasiado la atención. Me puse a pensar alguna excusa para cuando llegara a la oficina, pero antes de cruzar, volví a girar la cabeza hacía el lugar dónde habíamos estado. Y él seguía allí mirándome. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y una duda me asaltó de pronto.

- ¡Brad! – grité.

Él levantó la cabeza en modo de contestación.

- Ese algo, ¿te pasa con todo el mundo?

Volvió a responderme sin hablar negando moviendo la cabeza de un lado a otro. Y pude ver de nuevo su sonrisa. Y yo sin saber por qué también sonreí.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ese café...

Me apetece levantarme despacio, sin hacer ruido, cuando todavía está de noche, porque sí, yo soy una «morning person» o como leches lo quieran llamar ahora. Tengo ganas también de pisar los azulejos fríos descalza hasta llegar a la cocina y preparar la cafetera, que me envuelva el ruido y el olor de ese pequeño trasto que me da un poquito de felicidad mañanera, aunque es el conjunto, es la suma del silencio, un libro, mirar por la ventana y beber café antes de que realmente empiece la mañana. Es mi «kitKat», mi trocito de playa en el mes de mayo, cuando ya hace calor y aun no hay gente, el momento en medio de un campo respirando aire puro, pensando en nada, y a la vez en todo. Aún lo disfruto más, si esa mañana, es la primera del primer día de vacaciones..., qué bien suena esa palabra, a pesar de ser persona de rutina porque sin horarios me lío, sin embargo, llevo ya un tiempo en el que me apetece liarme, dejar de pensar y acabar con los «y si...», «y si...» porque «y si al final...» p...

Cuesta caminar por la arena

Cuesta caminar por la arena, ya ni te digo si quieres correr. Para eso hay que sudar, hay que apretar fuerte y saber respirar. Es algo tan importante controlar el aire que entra y sale de nosotros, que siempre se nos olvida y luego acabamos sofocados o lo que es peor, con flato. Y te tienes que parar y quedarte ahí con cara de tonto, apretando los dientes, aguantando los pinchazos y preguntándote, qué has hecho mal... Y resulta que era tan sencillo como respirar... Pero creo que poco a poco se no está olvidando lo sencillo, se está escapando de nuestras manos, que ahora están llenas de cosas que supuestamente te hacen la vida más fácil, pero irónicamente son tan complicadas... Y la arena se parece a todo lo de antes, a lo que costaba, porque cuesta caminar por la arena, pero se deja huella porque las pisadas están bien hechas, son profundas, las has pensado inconscientemente para seguir adelante. Y si miras para atrás en un camino liso, fácil y rápido, no ves nada, no has dejado nada, ...

En bragas

No la vi venir. De repente, la tuve delante de mis narices. Tenía la mano apoyada en la pared, miraba al suelo, por lo que su melena negra y rizada me tapaba su cara. Era alta, casi medía lo mismo que yo. Pongámosle a ojo, 1,75. Soy de números. Me gusta concretar. A ella, ya sin hablar, la vi más de letras. Tuve la certeza cuando, por fin, levantó la cabeza y me miró. Eso sí, lo que no hubiese acertado, jamás, es lo que iba a decirme. — Se me han caído las bragas. Abrí la boca para contestar, pero no me salió ninguna palabra. Me quedé ahí, supongo que con cara de estúpido. A pesar de haberme graduado recientemente en ingeniería. Me gusta la informática, programar. Sí, eso. Si tuviera que definirme diría que soy programado, tal cual. — ¿Hay alguien ahí? Quizás ha sonado mal, ¿no? Aunque… si estás pensando en esas cosas a estas horas de la mañana debes de ser un salido importante. Digo yo. — ¿Acabas de llamarme salido?, ¿y te llamas…? – De pronto reaccioné. No me gustó aquella fo...