Departamento de policía de Little Rock,
Condado de Pulaski, Arkansas, EE.UU
- ¿Recuerda lo que pasó?
El oficial de policía me
miraba de frente con tensión en su rostro y los ojos cansados, casi frustrado. Estaba
de pie sosteniéndose sobre sus dos manos a puños cerrados apoyadas encima de la
mesa. Postura la cual le dejaba apenas a unos centímetros de mí.
- Lo recuerdo cómo se
recuerdan ese tipo de cosas – contesté sin más.
- Quiero oírlo. Quiero
saber qué hiciste o mejor dicho cómo lo hiciste – se acercó aún más a mí
intentando sonsacar una respuesta. Algo que le hiciera marchase de allí y
acabar su trabajo.
- Yo no hice nada – dije
con desgana, pues lo había repetido ya tantas veces que no le veía sentido a mi
defensa.
- ¡Di algo maldita sea! –
se despegó de la mesa dándose la vuelta con desesperación y llevando sus manos
a las caderas, mientras lanzaba un suspiro al aire.
- Algo – respondí
divertido con media sonrisa. Ya todo empezaba a darme igual…
-Adams Lay, ¿te das
cuenta de que puedes pasar el resto de tus días entre rejas? – volvió a
mirarme.
- No solo me doy cuenta.
Sé con total seguridad que las posibilidades de salir de aquí hace rato que ya
no existen.
Después de una semana
dentro de la celda aguantando un interrogatorio tras otro llegué a la conclusión
de que probablemente no volvería a ver la luz de sol. No al menos sin paredes a
mi alrededor. Al principio, frustrado, luché por mi libertad, pues yo sabía
perfectamente lo que ocurrió ese 15 de abril hacía ya casi un mes. Sin embargo,
a los pocos días tuve claro que, precisamente, ese era el problema. Yo era el
único testigo de lo que le sucedió a Corinn Leclercq en el Junction Bridge.
…
8 de abril de 2019
“Le Petite Roche”
Corinn Lecrercq apareció
en mi vida como un terremoto, desordenándome de arriba abajo. Nos encontramos
por casualidad, pues solemos llamar así a cosas o situaciones que no sabemos
explicar. Y ella era inexplicable. Ella era una casualidad, quizás las más
bonita y, a la vez, la más tormentosa que he tenido en mi vida.
Los dos nos encontramos
frente a la popularmente llamada “Petite Roche” en Lilttle Rock. Yo había ido a
pasar unas vacaciones, a ella simplemente le gustaba estar allí frente al río
de Arkansas o eso fue lo que dijo cuando me habló por primera vez.
- Me gusta estar aquí – soltó
sin mirarme. Los dos leíamos o hacíamos cómo que leíamos la historia grabada en
la placa de aquella pequeña roca que daba el nombre de esa gran ciudad.
Yo levanté la vista, un
poco sorprendido, al ver que alguien como ella se dirigía a mí. Era alta,
quizás medía 1,75 o más, sus piernas eran largas, su cuerpo delgado pero
robusto a la vez, su melena, larga y rubia y sus ojos de un azul claro, casi
transparente.
- Es un lugar bonito –
contesté mirándola con ansias de que ella también lo hiciera y lo hizo. Me miró
y pensé que el mundo se había detenido en aquel lugar. Para mí dejó de existir
el río, la roca, la plaza y todo ser que habitara a nuestro alrededor.
Me propuso sin más, sin
ninguna presentación que fuéramos a dar un paseo por el Junction Bridge, el
conocido puente de la unión. Me explicó que antes era un paso de ferrocarril,
un contacto entre North Little Rock y Little Rock y que ahora tan solo era una
vía peatonal. Aunque, siendo sincero, ya casi no me acuerdo de todo lo que me
decía, quizás haya errado, pues había algo en ella que me embrujaba y me
desconectaba de la realidad. La escuchaba casi como un eco, como si tan solo
fuera un fantasma, un ente inalcanzable.
Sé que charlamos sin
darnos cuenta durante horas y tampoco podré explicar de qué manera terminamos
en su casa, tumbados en la cama, abrazados aun siendo dos completos
desconocidos que, sin más, empezaban a conocerse muy deprisa. Me dio la
sensación de que cuando terminó el día sabía más de su vida que de la mía
propia. Pero no todo lo que supe fueron cosas bonitas, de hecho, sus historias
me dejaron horrorizado. La vida de Corinn Leclercq no había sido fácil:
huérfana desde los seis años y obligada a convivir en silencio con un padre
adoptivo que abusó de ella cuántas veces pudo. Intentó buscar ayuda, pero me
contó cómo ese hombre era el tipo de persona que ya tenía un nombre difícil de
manchar, dónde nadie creía a una niña que, simplemente, no era nadie. Estaba
sola, siempre lo estuvo y siempre se había sentido así. Todo eso me confesó
antes de que anocheciera aquel día. Sin calcular bien mis palabras le dije que
no estaba sola, que yo me quedaría con ella desde esa misma noche. No la
conocía de nada, pero la creía. La creía sin más. Sin embargo, ella negó mi
ofrecimiento.
- No importa. He pasado
un buen día – me miró agradecida – tú ve a dónde quiera que te hospedes y sigue
disfrutando de tus vacaciones. Yo solo necesitaba hablar de todo esto por
última vez.
La forma en la que se despidió
de mí hizo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo. “¿Por última vez?”,
pensé que quizás se refería a no volver a verme o a no sacar a la luz de nuevo ese
tema. Fui dándole vueltas a la cabeza y, cuando ya estaba llegando al hotel, me
di cuenta de que ni si quiera le había pedido su número de teléfono. Me sentí
estúpido y una sensación de angustia se instauró dentro de mí al pensar que
jamás la volvería a ver. No dormí bien esa noche, pues Corinn Leclercq ya se
había apoderado de mí.
A la mañana siguiente
salí a pasear por el centro de la ciudad y aunque quería negármelo a mí mismo
la buscaba con la mirada, al ser humano siempre le queda la esperanza. Y a
veces ocurre, a veces la vida da segundas oportunidades y la vi, la volví a ver
exactamente en el mismo lugar que el día anterior, justo delante de la “Petite
Roche”. No lo dudé ni un instante y me acerqué a ella, me puse a su lado
mirando hacía el río.
- ¿Qué tal? – le hablé
como si aquel encuentro hubiese sido acordado.
- Mejor que ayer, ¿y tú?
– me pareció que ella hizo lo mismo.
- También mejor que ayer
porque estoy de nuevo contigo – nunca había sido un hombre de soltar así las
palabras, pero el cuerpo me pedía a gritos decir aquellas cosas.
Ella solo sonrío. No dijo
nada y estuvimos allí sumidos en un silencio cómodo, lo que me sorprendió
gratamente, pues no nos conocíamos y, sin embargo, podíamos estar refugiados en
los ruidos ajenos y disfrutando de todo lo que callábamos. Fue un momento
especial, al menos para mí porque Corinn Leclercq podía ser transparente un día
y al siguiente opaca. Después de aquel rato de quietud, ella comenzó andar y no
me dijo nada, no me pidió que la siguiera y tampoco se despidió. Yo me quedé un
rato allí plantado mirando confuso cómo se alejaba. Hasta que mis piernas
echaron a correr en un impulso al recordar que seguía sin tener ningún modo de
contactar con ella. Y, esta vez, no la quería perder.
- ¡Espera! – le grité. No
estábamos a mucha distancia, quizás dos o tres metros y ella no se giró.
- ¡Ey!, ¡espera! – volví
a gritar justo antes de alcanzarla y ponerme delante de su camino.
- ¿Qué pasa? – me
preguntó extrañada.
- No sé…, no te has
despedido y me gustaría volver a verte. No soy muy bueno haciendo esto, pero…, ¿te
apetece darme tu número de teléfono y quedar en algún momento antes de que
terminen mis vacaciones…? - lo dije nervioso, dubitativo, casi jadeando.
- Claro… - me contestó
con una mirada triste.
- Si no quieres… no te
sientas obligada, de verdad – insistí.
- No me siento obligada.
Sacó un papel y un
bolígrafo de su bolso, dos cosas que, a día de hoy, me parecía raro que alguien
siguiera llevando encima y apuntó su número de móvil. Cuando me lo dio me
dedicó una sonrisa, pero era una sonrisa apagada, una sonrisa sin luz. Aquella
chica desprendía un aura inerte y yo quería hacerla revivir.
La llamé, le propuse
planes para pasar todo el día juntos viendo la ciudad, aunque ella ya la
conocía. Al principio aceptó y fuimos al museo marítimo, el cual no estaba
demasiado lejos. Si soy sincero no me interesó mucho, solo le prestaba atención
a ella. Se había convertido en una obsesión, quería verla sonreír. Y le hablaba
de ir a un sitio y a otro, sin embargo, ella me dijo que solo quería volver a
su casa, que allí había estado muy a gusto conmigo y yo no pude negarme. No me
importaba haber recorrido unos cientos de kilómetros para estar allí. De
repente, no me importaba nada más que estar a su lado.
De esta forma, hicimos lo
mismo durante seis días, nos veíamos en la conocida “Petite Roche”, íbamos a
desayunar y nos encerrábamos en su casa, más bien en su habitación. Nos
alimentábamos de comida basura como dos adolescentes y bebíamos cerveza de
bote. ¿Qué queréis que diga? Para mí eso era felicidad. Y ella sonreía. Y al
final pasó. Estábamos sentados en la cama, uno frente al otro, riéndonos y
mirándonos fijamente a los ojos hasta que su risa cesó y se acercó lentamente
hacía a mí. Me besó despacio, casi con miedo, pero decidida al mismo tiempo. Yo
le devolví el beso y me tumbé encima de ella. Tenía sed de ella. Hicimos el
amor sin prisa. Nos desnudamos el uno al otro como una pareja de enamorados y
nos acariciamos después durante horas sin intercambiar ni una sola palabra.
- Gracias – dijo
rompiendo al fin el silencio.
- ¿Gracias? – respondí
confuso mientras me incorporé para mirarla de frente.
- Sí. Por estos días. Y
por esta noche.
- No tienes que dar las
gracias. No ha sido un servicio. He querido estar contigo.
- Aun así, gracias –
insistió.
- ¿Quieres que me quede a
dormir? – pregunté con un poco de temor a su respuesta.
- Quiero, pero no puede
ser. Lo siento.
- Está bien… - contesté
algo dolido – me voy.
Nos dimos un beso
pequeño, rápido, fugaz. Y ella me miró como quién mira algo imposible, lejano.
15 de abril de 2019
“Junction Bridge”
Me pasé la noche tumbado
boca arriba mirando al techo, pensando en por qué Corinn Leclercq se comportaba
de aquel modo. En ese momento no lo entendí. No entendí nada hasta que la vi
aquella madrugada. Me pareció casi una imagen borrosa. Estaba en el borde del
puente Juction Bridge a punto de soltarse. Yo miré alrededor, buscando a
alguien que estuviera más cerca que yo, que pudiera ayudarla, que la sujetara
antes de caer. Sin embargo, no me dio tiempo, ya que, antes de que pudiera
echar a correr, antes de que pusiera tan si quiera un pie delante del otro,
Clorinn Leclercq desapareció delante de mis ojos cayendo al río. Desapareciendo
de la superficie.
Después de unos segundos
de estupefacción, saqué el teléfono móvil y llamé a emergencias. Luego, sin
dudarlo, yo también me lancé al río. El impacto no fue demasiado brusco, aunque
creo que hubiera ignorado cualquier golpe y cambio de temperatura, pues mi cerebro
solo se concentraba en nadar, en bucear, en encontrarla. Al cabo de unos
minutos los alrededores se llenaron de policías y, como consecuencia, de gente.
A mi me sacaron del río y me echaron una manta por encima, a pesar de que ya
empezaba a hacer calor. Yo les intentaba explicar cómo una chica se había
lanzado, les dije su nombre y quién era. Más tarde en comisaría les conté mi
relación con ella, y les confesé que quizás estaba deprimida, que había sufrido
mucho. Al principio parecían verme como un héroe enamorado, luego, después de
varias horas buscando, el cuerpo de Corinn Leclecq no apareció y empezaron a
tomarme por loco. Por último, registraron su casa, encontraron sus documentos
de identidad y se dieron cuenta de que sí existía. Así que, de héroe pase a
loco y de loco a culpable.
La policía pensó que yo
le había hecho algo y no quería decir en qué lugar estaba el cuerpo. Y yo lo
único en lo que pensaba era en dónde estaría Corinn Leclercq.
15 de mayo de 2019
Departamento de policía
de Little Rock, Condado de Pulaski, Arkansas, EE.UU
Otra vez el ruido chirriante
de la celda abriéndose. Otro interrogatorio más… Me levanté con la cabeza
agachada y me di la vuelta antes de que nadie dijera nada.
- Sr. Lay puede irse.
No podía creer lo que
acababa de escuchar y levanté la vista para mirar al policía. Siempre parecía
tener la misma cara de cansado.
- ¿De verdad? – pregunté
esperanzado.
- No hay ninguna prueba
contra usted. No hay rastro de usted en casa de Corinn Leclercq, ni tampoco se
ha registrado ningún contacto por teléfono. Realmente, parece que ni si quiera
se hubieran conocido.
- Y sin pruebas llevo
aquí un mes… - refunfuñé.
- Solo hacemos nuestro
trabajo. Váyase y no proteste. Seguro que podría detenerle por muchas otras
cosas si me lo propusiera – y por primera vez, aquel policía cincuentón y
regordete, me dedicó un atisbo de sonrisa.
No dije nada más. Me
devolvieron las cosas que llevaba encima cuando me arrestaron y salí a la calle
cogiendo todo el aire que pude. Tenía suerte de que nadie me esperaba... Un
nudo de tristeza estrujó mi estómago tras ese pensamiento. No me había
desesperado por salir de la cárcel porque realmente no tenía ningún sitio al
que volver. Pero esas cosas prefería no decirlas nunca. Fui al hotel para
averiguar qué habrían hecho con mis maletas y demás pertenencias. Cuando llegué
le expliqué a la recepcionista que había tenido algunos problemas pero que iba
a pagar todo lo que les debiera. Esto último hizo que las cosas se suavizaran mucho.
Me devolvieron mi maleta, que ya tenían guardada en un trastero, y junto a ella
una carta. Un sobre blanco en el que solo ponía mi nombre, pero no había ningún
remitente.
- Le llegó hará un mes
más o menos – me informó la recepcionista.
Ese comentario hizo que
el corazón me diera un vuelco. Cogí mis cosas y la carta y salí de allí. Quería
buscar un sitio tranquilo y algo me llevó de nuevo a la “Petite Roche”. Una vez
estuve frente al río, abrí el sobre.
15 de abril de 2019
“Desde algún lugar”
Querido Adams:
Quería darte las gracias
por el tiempo que has compartido conmigo. Estaba viviendo en un abismo del cual
necesitaba saltar. Y tú me ayudaste. Y no lo interpretes de ninguna forma si no
de la única que debes hacerlo. Tú me salvaste. Tú tenías que aparecer para que
yo pudiera seguir mi camino. Eras una felicidad que me hubiera gustado
encontrar en esta vida, por eso te estaba esperando. Alguien tenía que llegar
para hacerme ver y sentir eso que llamamos ser feliz. Y tú lo hiciste y ahora
ya estaré en otro lugar descansando en paz. Llegarás a pensar que solo fui un
sueño, y quizás lo fui. Por ello quería escribirte para que te quedes algo de
mí. Así, siempre tendrás esta carta y la “Petite Roche”, ese lugar que fue un
poco nuestro durante apenas una semana. Un lugar al que volver que ahora
tendrás, pues a veces, una semana, incluso un instante, vale más que toda una
vida. Así que, Adams Lay, gracias por haberme hecho siempre feliz, cada
instante desde que te conocí.
Para ti, Clorinn
Leclercq

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