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"Le Petite Roche"

 



12 de mayo de 2019

 Departamento de policía de Little Rock, Condado de Pulaski, Arkansas, EE.UU

 

- ¿Recuerda lo que pasó?

El oficial de policía me miraba de frente con tensión en su rostro y los ojos cansados, casi frustrado. Estaba de pie sosteniéndose sobre sus dos manos a puños cerrados apoyadas encima de la mesa. Postura la cual le dejaba apenas a unos centímetros de mí.

- Lo recuerdo cómo se recuerdan ese tipo de cosas – contesté sin más.

- Quiero oírlo. Quiero saber qué hiciste o mejor dicho cómo lo hiciste – se acercó aún más a mí intentando sonsacar una respuesta. Algo que le hiciera marchase de allí y acabar su trabajo.

- Yo no hice nada – dije con desgana, pues lo había repetido ya tantas veces que no le veía sentido a mi defensa.

- ¡Di algo maldita sea! – se despegó de la mesa dándose la vuelta con desesperación y llevando sus manos a las caderas, mientras lanzaba un suspiro al aire.

- Algo – respondí divertido con media sonrisa. Ya todo empezaba a darme igual…

-Adams Lay, ¿te das cuenta de que puedes pasar el resto de tus días entre rejas? – volvió a mirarme.

- No solo me doy cuenta. Sé con total seguridad que las posibilidades de salir de aquí hace rato que ya no existen.

Después de una semana dentro de la celda aguantando un interrogatorio tras otro llegué a la conclusión de que probablemente no volvería a ver la luz de sol. No al menos sin paredes a mi alrededor. Al principio, frustrado, luché por mi libertad, pues yo sabía perfectamente lo que ocurrió ese 15 de abril hacía ya casi un mes. Sin embargo, a los pocos días tuve claro que, precisamente, ese era el problema. Yo era el único testigo de lo que le sucedió a Corinn Leclercq en el Junction Bridge.

 

8 de abril de 2019

“Le Petite Roche”

Corinn Lecrercq apareció en mi vida como un terremoto, desordenándome de arriba abajo. Nos encontramos por casualidad, pues solemos llamar así a cosas o situaciones que no sabemos explicar. Y ella era inexplicable. Ella era una casualidad, quizás las más bonita y, a la vez, la más tormentosa que he tenido en mi vida.

Los dos nos encontramos frente a la popularmente llamada “Petite Roche” en Lilttle Rock. Yo había ido a pasar unas vacaciones, a ella simplemente le gustaba estar allí frente al río de Arkansas o eso fue lo que dijo cuando me habló por primera vez.

- Me gusta estar aquí – soltó sin mirarme. Los dos leíamos o hacíamos cómo que leíamos la historia grabada en la placa de aquella pequeña roca que daba el nombre de esa gran ciudad.

Yo levanté la vista, un poco sorprendido, al ver que alguien como ella se dirigía a mí. Era alta, quizás medía 1,75 o más, sus piernas eran largas, su cuerpo delgado pero robusto a la vez, su melena, larga y rubia y sus ojos de un azul claro, casi transparente.

- Es un lugar bonito – contesté mirándola con ansias de que ella también lo hiciera y lo hizo. Me miró y pensé que el mundo se había detenido en aquel lugar. Para mí dejó de existir el río, la roca, la plaza y todo ser que habitara a nuestro alrededor.

Me propuso sin más, sin ninguna presentación que fuéramos a dar un paseo por el Junction Bridge, el conocido puente de la unión. Me explicó que antes era un paso de ferrocarril, un contacto entre North Little Rock y Little Rock y que ahora tan solo era una vía peatonal. Aunque, siendo sincero, ya casi no me acuerdo de todo lo que me decía, quizás haya errado, pues había algo en ella que me embrujaba y me desconectaba de la realidad. La escuchaba casi como un eco, como si tan solo fuera un fantasma, un ente inalcanzable.

Sé que charlamos sin darnos cuenta durante horas y tampoco podré explicar de qué manera terminamos en su casa, tumbados en la cama, abrazados aun siendo dos completos desconocidos que, sin más, empezaban a conocerse muy deprisa. Me dio la sensación de que cuando terminó el día sabía más de su vida que de la mía propia. Pero no todo lo que supe fueron cosas bonitas, de hecho, sus historias me dejaron horrorizado. La vida de Corinn Leclercq no había sido fácil: huérfana desde los seis años y obligada a convivir en silencio con un padre adoptivo que abusó de ella cuántas veces pudo. Intentó buscar ayuda, pero me contó cómo ese hombre era el tipo de persona que ya tenía un nombre difícil de manchar, dónde nadie creía a una niña que, simplemente, no era nadie. Estaba sola, siempre lo estuvo y siempre se había sentido así. Todo eso me confesó antes de que anocheciera aquel día. Sin calcular bien mis palabras le dije que no estaba sola, que yo me quedaría con ella desde esa misma noche. No la conocía de nada, pero la creía. La creía sin más. Sin embargo, ella negó mi ofrecimiento.

- No importa. He pasado un buen día – me miró agradecida – tú ve a dónde quiera que te hospedes y sigue disfrutando de tus vacaciones. Yo solo necesitaba hablar de todo esto por última vez.

La forma en la que se despidió de mí hizo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo. “¿Por última vez?”, pensé que quizás se refería a no volver a verme o a no sacar a la luz de nuevo ese tema. Fui dándole vueltas a la cabeza y, cuando ya estaba llegando al hotel, me di cuenta de que ni si quiera le había pedido su número de teléfono. Me sentí estúpido y una sensación de angustia se instauró dentro de mí al pensar que jamás la volvería a ver. No dormí bien esa noche, pues Corinn Leclercq ya se había apoderado de mí.

A la mañana siguiente salí a pasear por el centro de la ciudad y aunque quería negármelo a mí mismo la buscaba con la mirada, al ser humano siempre le queda la esperanza. Y a veces ocurre, a veces la vida da segundas oportunidades y la vi, la volví a ver exactamente en el mismo lugar que el día anterior, justo delante de la “Petite Roche”. No lo dudé ni un instante y me acerqué a ella, me puse a su lado mirando hacía el río.

- ¿Qué tal? – le hablé como si aquel encuentro hubiese sido acordado.

- Mejor que ayer, ¿y tú? – me pareció que ella hizo lo mismo.

- También mejor que ayer porque estoy de nuevo contigo – nunca había sido un hombre de soltar así las palabras, pero el cuerpo me pedía a gritos decir aquellas cosas.

Ella solo sonrío. No dijo nada y estuvimos allí sumidos en un silencio cómodo, lo que me sorprendió gratamente, pues no nos conocíamos y, sin embargo, podíamos estar refugiados en los ruidos ajenos y disfrutando de todo lo que callábamos. Fue un momento especial, al menos para mí porque Corinn Leclercq podía ser transparente un día y al siguiente opaca. Después de aquel rato de quietud, ella comenzó andar y no me dijo nada, no me pidió que la siguiera y tampoco se despidió. Yo me quedé un rato allí plantado mirando confuso cómo se alejaba. Hasta que mis piernas echaron a correr en un impulso al recordar que seguía sin tener ningún modo de contactar con ella. Y, esta vez, no la quería perder.

- ¡Espera! – le grité. No estábamos a mucha distancia, quizás dos o tres metros y ella no se giró.

- ¡Ey!, ¡espera! – volví a gritar justo antes de alcanzarla y ponerme delante de su camino.

- ¿Qué pasa? – me preguntó extrañada.

- No sé…, no te has despedido y me gustaría volver a verte. No soy muy bueno haciendo esto, pero…, ¿te apetece darme tu número de teléfono y quedar en algún momento antes de que terminen mis vacaciones…? - lo dije nervioso, dubitativo, casi jadeando.

- Claro… - me contestó con una mirada triste.

- Si no quieres… no te sientas obligada, de verdad – insistí.

- No me siento obligada.

Sacó un papel y un bolígrafo de su bolso, dos cosas que, a día de hoy, me parecía raro que alguien siguiera llevando encima y apuntó su número de móvil. Cuando me lo dio me dedicó una sonrisa, pero era una sonrisa apagada, una sonrisa sin luz. Aquella chica desprendía un aura inerte y yo quería hacerla revivir.

La llamé, le propuse planes para pasar todo el día juntos viendo la ciudad, aunque ella ya la conocía. Al principio aceptó y fuimos al museo marítimo, el cual no estaba demasiado lejos. Si soy sincero no me interesó mucho, solo le prestaba atención a ella. Se había convertido en una obsesión, quería verla sonreír. Y le hablaba de ir a un sitio y a otro, sin embargo, ella me dijo que solo quería volver a su casa, que allí había estado muy a gusto conmigo y yo no pude negarme. No me importaba haber recorrido unos cientos de kilómetros para estar allí. De repente, no me importaba nada más que estar a su lado.

De esta forma, hicimos lo mismo durante seis días, nos veíamos en la conocida “Petite Roche”, íbamos a desayunar y nos encerrábamos en su casa, más bien en su habitación. Nos alimentábamos de comida basura como dos adolescentes y bebíamos cerveza de bote. ¿Qué queréis que diga? Para mí eso era felicidad. Y ella sonreía. Y al final pasó. Estábamos sentados en la cama, uno frente al otro, riéndonos y mirándonos fijamente a los ojos hasta que su risa cesó y se acercó lentamente hacía a mí. Me besó despacio, casi con miedo, pero decidida al mismo tiempo. Yo le devolví el beso y me tumbé encima de ella. Tenía sed de ella. Hicimos el amor sin prisa. Nos desnudamos el uno al otro como una pareja de enamorados y nos acariciamos después durante horas sin intercambiar ni una sola palabra.

- Gracias – dijo rompiendo al fin el silencio.

- ¿Gracias? – respondí confuso mientras me incorporé para mirarla de frente.

- Sí. Por estos días. Y por esta noche.

- No tienes que dar las gracias. No ha sido un servicio. He querido estar contigo.

- Aun así, gracias – insistió.

- ¿Quieres que me quede a dormir? – pregunté con un poco de temor a su respuesta.

- Quiero, pero no puede ser. Lo siento.

- Está bien… - contesté algo dolido – me voy.

Nos dimos un beso pequeño, rápido, fugaz. Y ella me miró como quién mira algo imposible, lejano.

 

15 de abril de 2019

“Junction Bridge”

Me pasé la noche tumbado boca arriba mirando al techo, pensando en por qué Corinn Leclercq se comportaba de aquel modo. En ese momento no lo entendí. No entendí nada hasta que la vi aquella madrugada. Me pareció casi una imagen borrosa. Estaba en el borde del puente Juction Bridge a punto de soltarse. Yo miré alrededor, buscando a alguien que estuviera más cerca que yo, que pudiera ayudarla, que la sujetara antes de caer. Sin embargo, no me dio tiempo, ya que, antes de que pudiera echar a correr, antes de que pusiera tan si quiera un pie delante del otro, Clorinn Leclercq desapareció delante de mis ojos cayendo al río. Desapareciendo de la superficie.

Después de unos segundos de estupefacción, saqué el teléfono móvil y llamé a emergencias. Luego, sin dudarlo, yo también me lancé al río. El impacto no fue demasiado brusco, aunque creo que hubiera ignorado cualquier golpe y cambio de temperatura, pues mi cerebro solo se concentraba en nadar, en bucear, en encontrarla. Al cabo de unos minutos los alrededores se llenaron de policías y, como consecuencia, de gente. A mi me sacaron del río y me echaron una manta por encima, a pesar de que ya empezaba a hacer calor. Yo les intentaba explicar cómo una chica se había lanzado, les dije su nombre y quién era. Más tarde en comisaría les conté mi relación con ella, y les confesé que quizás estaba deprimida, que había sufrido mucho. Al principio parecían verme como un héroe enamorado, luego, después de varias horas buscando, el cuerpo de Corinn Leclecq no apareció y empezaron a tomarme por loco. Por último, registraron su casa, encontraron sus documentos de identidad y se dieron cuenta de que sí existía. Así que, de héroe pase a loco y de loco a culpable.

La policía pensó que yo le había hecho algo y no quería decir en qué lugar estaba el cuerpo. Y yo lo único en lo que pensaba era en dónde estaría Corinn Leclercq.

 

15 de mayo de 2019

Departamento de policía de Little Rock, Condado de Pulaski, Arkansas, EE.UU

 

Otra vez el ruido chirriante de la celda abriéndose. Otro interrogatorio más… Me levanté con la cabeza agachada y me di la vuelta antes de que nadie dijera nada.

- Sr. Lay puede irse.

No podía creer lo que acababa de escuchar y levanté la vista para mirar al policía. Siempre parecía tener la misma cara de cansado.

- ¿De verdad? – pregunté esperanzado.

- No hay ninguna prueba contra usted. No hay rastro de usted en casa de Corinn Leclercq, ni tampoco se ha registrado ningún contacto por teléfono. Realmente, parece que ni si quiera se hubieran conocido.

- Y sin pruebas llevo aquí un mes… - refunfuñé.

- Solo hacemos nuestro trabajo. Váyase y no proteste. Seguro que podría detenerle por muchas otras cosas si me lo propusiera – y por primera vez, aquel policía cincuentón y regordete, me dedicó un atisbo de sonrisa.

No dije nada más. Me devolvieron las cosas que llevaba encima cuando me arrestaron y salí a la calle cogiendo todo el aire que pude. Tenía suerte de que nadie me esperaba... Un nudo de tristeza estrujó mi estómago tras ese pensamiento. No me había desesperado por salir de la cárcel porque realmente no tenía ningún sitio al que volver. Pero esas cosas prefería no decirlas nunca. Fui al hotel para averiguar qué habrían hecho con mis maletas y demás pertenencias. Cuando llegué le expliqué a la recepcionista que había tenido algunos problemas pero que iba a pagar todo lo que les debiera. Esto último hizo que las cosas se suavizaran mucho. Me devolvieron mi maleta, que ya tenían guardada en un trastero, y junto a ella una carta. Un sobre blanco en el que solo ponía mi nombre, pero no había ningún remitente.

- Le llegó hará un mes más o menos – me informó la recepcionista.

Ese comentario hizo que el corazón me diera un vuelco. Cogí mis cosas y la carta y salí de allí. Quería buscar un sitio tranquilo y algo me llevó de nuevo a la “Petite Roche”. Una vez estuve frente al río, abrí el sobre.

 

15 de abril de 2019

“Desde algún lugar”

 

Querido Adams:

Quería darte las gracias por el tiempo que has compartido conmigo. Estaba viviendo en un abismo del cual necesitaba saltar. Y tú me ayudaste. Y no lo interpretes de ninguna forma si no de la única que debes hacerlo. Tú me salvaste. Tú tenías que aparecer para que yo pudiera seguir mi camino. Eras una felicidad que me hubiera gustado encontrar en esta vida, por eso te estaba esperando. Alguien tenía que llegar para hacerme ver y sentir eso que llamamos ser feliz. Y tú lo hiciste y ahora ya estaré en otro lugar descansando en paz. Llegarás a pensar que solo fui un sueño, y quizás lo fui. Por ello quería escribirte para que te quedes algo de mí. Así, siempre tendrás esta carta y la “Petite Roche”, ese lugar que fue un poco nuestro durante apenas una semana. Un lugar al que volver que ahora tendrás, pues a veces, una semana, incluso un instante, vale más que toda una vida. Así que, Adams Lay, gracias por haberme hecho siempre feliz, cada instante desde que te conocí.

Para ti, Clorinn Leclercq







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