Antes, entre cliente y
cliente, Finigan solía leer el periódico. Ahora ya no. Hacía tiempo que había
dejado de interesarse por el mundo, por el simple hecho de que éste, ya no le
parecía eso, interesante. Siempre leía malas noticias que no dejaban de
preocuparle, ya que veía en el mundo un nivel de estabilidad mental peligroso,
pendiente de un hilo. La gente intentaba buscar explicaciones a tantas noticias
extravagantes… Él, lo tenía claro. El culpable era exclusivamente Internet o,
si tenía que afinar un poco, las redes sociales. Esas conexiones de
comunicación donde comunicar era para lo último que servían. Finigan apostaba por
llamarlas redes del corazón o redes de apaleamiento. Es verdad que había de
todo, pero a él le gustaba generalizar.
Otra de las cosas que no
se llevaba por entonces era la soledad. No se estilaba. No al menos si querías
tener cientos de miles o millones de seguidores. La gente tenía que ver cómo te
lo pasabas bien y que tenías amigos. Es por ello, quizás, que a Finigan no le
seguía nadie, o tal vez se debiera a que no tenía cuenta en ninguna red. Sería,
sin duda, por esa razón. Aunque, en la vida real, tampoco tenía muchos amigos.
Desde hacía tiempo le gustaba estar solo. Y como he dicho, eso no se estilaba.
Para hacernos una idea de
lo que, ahora mismo, era alguien como Finigan, podríamos decir que haría un
buen papel representando al señor Scrooge en un Cuento de navidad, solo que con
mucho menos dinero y bastante más joven. Alguna vez se lo habían dicho, pero no
le había dado importancia. Quería vivir así. Además, pensaba que ya pasaba
suficientes horas frente al público, como para salir de trabajar y ver a más
gente. Lo que él quería era estar consigo mismo. Así que, cada mañana de lunes
a sábado, se levantaba a las seis y media, listo para preparar cafés y alguna
que otra tostada. Ese era su papel durante ocho horas. Trabajaba en una
cafetería de estas que pertenecen a una gran cadena. Llegaba allí, saludaba por
saludar y comenzaba a trabajar.
“Fin, ¿qué tal?”, otra pregunta que le hacían a diario y que tampoco
entendía. ¿Por qué la gente se esforzaba en preguntar por su vida, si realmente
no les importaba?, ¿y por qué hacer ese tipo de preguntas vacías, si en
realidad no esperas ninguna respuesta? O quizás pretendían que les dijera que
estaba solo y quería seguir estándolo porque todas las personas que se le
habían acercado más de la cuenta, le habían acabado haciendo daño. A propósito.
Qué él, lo había intentado, pero llegó un día que se rindió y perdió la fe en
la gente. Al fin y al cabo, nada es para siempre. ¿Es eso lo que la gente
quería escuchar? No. Las personas se conformaban con un bien a secas, que les
permitiera demostrar que ellos ya se han portado y que tú, estés como estés, has
visto que se han preocupado. Todas esas cosas y algunas más pensaba Finigan
cada día. Y no estaba deprimido, simplemente había decidido dejar la vida
pasar. Sin embargo, a veces, sucede algo que lo cambia todo. A Scrooge lo
visitaron tres fantasmas. A Finigan solamente le hizo falta ver a uno.
Para especificar un poco y ser sinceros, a Finigan no
se le apareció ningún fantasma, no al menos como lo conocemos en su definición
sino más bien, se le presentó una especie de señal divina, espiritual, o
casualidad. Hay muchas maneras de llamarlo. Alguien dejó una nota encima de una
de las mesas de la cafetería. Una servilleta arrugada, con manchas de café y
con una caligrafía apenas legible, pero suficientemente clara para entrever la
frase: te quedan tres días.
Finigan se encontró con aquel mensaje cuando fue a
recoger una mesa que ya llevaba un buen rato desocupada. De hecho, esto le
sorprendió, pues él siempre estaba atento para ir a recoger en cuanto
terminaban. Pero no le dio mucha importancia, simplemente arrugó el sucio papel
y alzó la mirada buscando no sabía muy bien a quién. Fue una especie de acto
reflejo, un sentimiento que le vino de forma inconsciente, como esos hechos
que, en ocasiones, no tienen explicación.
Cuando Finigan llegó a casa y se sentó a cenar, volvió
a recordar aquellas palabras. Se presentaron delante de él, casi dibujadas en
el plato: “te quedan tres días”. ¿Por qué alguien habría escrito aquello y a
quién?, ¿tres días? Podría significar tantas cosas…
Al principio Finigan no pensó que ese supuesto pequeño
aviso iba dirigido a él. Y es que es por la noche cuando aparecen los
pensamientos más oscuros para impedir que el sueño campe a sus anchas por
nuestro cuerpo. Y así, tumbado hacia arriba, mirando al techo que estaba
cubierto de estrellas reflectantes, (le gustaba que hubiese algo de luz entre
la oscuridad) volvió a escuchar cómo su cerebro leía aquella servilleta: te
quedan tres días. ¿Y si alguien había intentado asustarlo o le estaba amenazando?,
o peor aún, ¿y si alguien le estaba diciendo algún tipo de verdad y le quedaban
tres días para algo como, por ejemplo, morir?
Finigan no durmió bien esa noche, pues unos
pensamientos le llevaron a otros. Si por alguna razón del destino, la muerte lo
esperaba a unas pocas horas, ¿qué es lo que había logrado para perdurar en la
tierra? No tenía un nombre, ni si quiera apenas tenía amigos... Los tuvo una
vez, ya que Finigan, no siempre fue Finigan, pero él quiso alejarse, dejarlo
todo por una sola persona, la cual llevaba años sin nombrar, sin querer
recordar, sin embargo, la mente es traicionera y Finigan no podía elegir en qué
pensar. Y se dio cuenta, en ese preciso instante, que no importa el tiempo que
hubiera pasado, ahí estaba ella revoloteando en su cabeza. Las terapias,
trabajar, aislarse, no había servido de nada, ya que hasta en momentos crudos
como aquél cuando estaba asustado, incluso ahí, aparecía ella. Ni si quiera
había podido olvidar ni un solo rasgo de su belleza. Si cerraba los ojos podía
ver cada arruga, cada lunar, cada gesto, cada cicatriz. Podía ver cosas de su
imperfección que solo él veía perfectas.
El pitido del despertador le devolvió a la realidad.
No había dormido en toda la noche y todo por una nota. Se sintió estúpido. Él
no creía en cosas que tuvieran que ver con el destino ni nada parecido. Aunque
en realidad, el insomnio, como tantas otras veces, se lo había provocado ella.
Una vez más, después de tanto tiempo...
Se levantó dispuesto a ir a trabajar. Creía firmemente
que la rutina te mantenía alejado de los pensamientos. Llegó con la mente en
blanco dispuesto a servir cafés una mañana más. Todo parecía de lo más normal,
nada le indicaba que estuviera en peligro, que alguien lo vigilara o lo
persiguiese. Sin embargo, a las pocas horas comenzó notar cosas extrañas,
miradas clavadas en su nuca, movimientos raros en algunas personas... De la
nada se vio envuelto en un círculo de gestos persecutorios, acusadores. No era
muy usual en Finigan comportarse de un modo fuera de lo que se pudiese decir lo
establecido, pero sintió que no aguantaba más y quiso marcharse. Le dijo a su
compañera que no se encontraba bien y ésta le miró confusa, ya que Finigan no
se había puesto enfermo nunca, hasta ese momento.
De camino a casa sentía que todo se volvía más
estrecho, que la carretera se hacía cada vez más larga. Tres días... Tres
días... Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, que le costaba
respirar. Se agarró a una farola para no caerse, las piernas le temblaban, el
cuerpo le temblaba. No veía nada, las personas se habían difuminado con el
paisaje, se tocó la cara con una mano, sin soltarse con la otra, y comprobó que
llevaba puestas las gafas. Se preguntaba si le estaría dando un infarto. Ya
casi no se sentía, se estaba resbalando, las manos ya no tenían fuerza para
sujetarle... La vio a ella una vez más antes de que todo se volviese oscuridad.
Abrió los ojos de forma repentina y de par en par.
Sabía que estaba tumbado, pero no veía el cielo si no un montón de rostros
desconocidos de hombres y mujeres que le observaban con el entrecejo fruncido.
Finigan se incorporó de un salto haciendo retroceder a la gente que exhaló un
suspiro.
Un hombre alto, más o menos de la edad de Finigan,
unos treinta y cinco o cuarenta años, se aproximó a él y le preguntó:
- ¿Se encuentra bien caballero?
Finigan no contestó. No sabía qué le había ocurrido.
Estaba asustado.
- Le podemos llevar a un hospital - insistió el
hombre.
- ¡No! - respondió Finigan con un grito, haciendo que
aquel grandullón se pusiera en pose defensiva.
- Está bien amigo...tú mismo.
Todos empezaron a dispersarse y Finigan volvía a estar
solo. Él sentía que había pasado una eternidad y, sin embargo, no se había movido
de al lado de aquella farola. Se tranquilizó a sí mismo intentando pensar que
le había dado algún ataque de ansiedad, pero rápidamente volvió aquel
pensamiento: y si..., y si no era ansiedad si no un recordatorio de lo poco que
le quedaba para morir. De nuevo le faltaba el aire y decidió empezar a correr.
Quería llegar a casa donde se sentía a salvo.
Una vez allí empezó a cerrar puertas y ventanas. Se
había instaurado en él, de algún modo, que la propia muerte le perseguía y que,
contando desde ayer, ya solo le quedaba un día y medio. Se dejó caer en el sofá
pensando en quién debía despedirse: sus padres ya no estaban, hacía tiempo que
no hablaba con sus amigos, sus compañeros de trabajo no le hacían ni caso.
Nadie notaría su inexistencia. A Finigan se le inundó el corazón de tristeza,
¿y si la llamaba a ella?, ¿seguiría importándole?, ¿le afectaría escuchar que
iba a morir? En el fondo le podía la curiosidad y la necesidad por ambas partes
iguales de saber que quedaba alguien en el mundo a quién le importaba, aunque
sus pensamientos le castigaban con la verdad y lo único que quería era saber si
le importaba a una única persona. Si seguía importándole a ella. Si ella ya le
habría olvidado.
Transcurrió la tarde, tumbado, atormentado, tiritando
de frío envuelto en sus propios pensamientos y sin probar ni un solo bocado. El
estómago le rugía, pero era incapaz de tragar nada, como si un nudo se hubiese
quedado férreo cerrado en la boca del estómago.
Y al fin, se levantó. Tenía que llamarla. Tenía que
despedirse. Tenía que decirle que había intentado olvidarla y que, sin embargo,
sus manos aún recordaban su piel, que sus ojos tenían guardado su reflejo en la
retina. Tenía que contarle que, sin ella, su vida no valía nada.
Finigan cogió su teléfono fijo, esos que la gente ya
no usaba, pero que él seguía manteniendo allí en su lucha contra la tecnología.
Marcó despacio cada número, no necesitó mirarlo. Todo lo que tuviera que ver
con ella, lo conocía de memoria. Al marcar el último tragó saliva y seguidamente
dio paso el primer tono..., el segundo..., el tercero... Y, sin más, la llamada
se detuvo.
Finigan lo intentó de nuevo dos veces más y no obtuvo
ninguna respuesta. Pasó la noche agarrado al teléfono a la espera de que
sonara. A la espera de tener la oportunidad de escucharla de nuevo.
A la mañana siguiente se despertó dolorido, pues se
había quedado dormido en la silla con la cabeza pegada a la pared y la mano aun
encima del auricular. Había llegado el tercer día. El día que él sentía ser el
último. El día que aquella dichosa nota proclamaba la ocurrencia de algo. Y aun
así nada, absolutamente nada, le había sucedido desde que la leyó. Nada excepto
sucumbir en la obsesión. Y ella..., ¿cómo podía rechazarle de aquel modo?, ¿por
qué? Eso era lo que había atormentado su vida: ¿por qué?, ¿por qué? Si iba a
morir debía conocer la respuesta. Lo necesitaba. Lo ansiaba. Probó de nuevo a
marcar el número de teléfono y otra vez, y otra vez. Nada. Y ahí se quedó
sentado esperando. Había decidido que lo único que quería antes de que su vida
terminase era conocer el porqué. Y pensaba insistir las veces que hiciera falta
hasta el último suspiro.
Pensó en la posibilidad de que ella hubiera cambiado
de número, pero después de un instante lo descartó. La conocía y sabía que a ella
nunca le habían gustado los cambios. Exceptuando el momento en que le dejó…
Pasó el día sin comer, sin ver la televisión, sin
hacer nada más que esperar a que el teléfono sonara dándole alguna respuesta.
Solo quería eso. Era lo único que había querido durante todo este tiempo. Y es
que, cuando llega el final, salen a relucir las cosas que realmente deseas.
Se acercó la tarde y creía firmemente que ya le
quedaba poco tiempo. Que iba a morir sin saber qué pasó, qué pudo hacer mal. Y
justo cuando entraba ya la noche y el comedor empezaba a quedarse a oscuras
dejando entrever su silueta a través del bajo ventanal, el teléfono sonó.
Finigan lo cogió al instante.
- Elena, dime que eres tú.
- Soy yo Finigan.
- Elena, escúchame. Sé que suena algo extraño, pero
creo que no me queda mucho tiempo de vida y necesito saber por qué.
Al otro lado del teléfono hubo un silencio prolongado.
Un silencio que le pareció una eternidad.
- Elena, ¿por qué me dejaste si tú eras mi mundo?
Otro silencio seguido de un suspiro y aquellas
palabras:
- Precisamente te dejé por eso Finigan, para que
encontraras el tuyo. Tu propio mundo.
Después, tan solo se escuchó el crujir que sigue
haciendo un teléfono antiguo al colgar y un silencio vacío detrás.
Finigan no murió al día siguiente. A Finigan no le
pasó nada y le pasó todo. Finigan tuvo que leer una nota para creer que iba a
morir. Finigan tuvo que leer una nota para empezar a vivir.

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